Poco o nada había sucedido en la quinta del abono de Medellín (Colombia), cuando salió el cuarto toro de la tarde, segundo del lote de Ponce, de nombre “Altanero”, de 460 kilos, negro azabache y perteneciente al hierro de La Carolina. El toro, con muy poco que ofrecer por el pitón derecho, demostró gran bravura por el izquierdo, y ahí se vió el mejor toreo de la tarde, y quien sabe si de la feria. Enrique Ponce le cuajó tres tandas de naturales soberbias, citando, mandando, templando, alargando el brazo hasta el infinito, y todas ellas rematadas con pases de pechos, que eran auténticos carteles de toros. Su fallo inicial con la espada hizo que el premio fuera tan solo de una oreja. Daba igual, la obra estaba ahí, y por ellos el público de La Macarena le obligó a dar una segunda vuelta al ruedo bajo una intensa lluvia de claveles.

Con la tarde venida a más, Sebastían Castella se cruzó con el mejor toro del encierro, y el francés le ejecutó una faena basada en la ligazón, la quietud y la entrega. Tras una perfecta estocada recibió las dos orejas de su oponente.
Por su parte, el diestro nacional Cristobal Pardo nada destacado pudo hacer, viendo silenciadas sus dos labores.
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