Esta vez San Fermín no pudo hacer nada, no pudo echar su capote milagroso a quien momentos antes se lo había pedido a través del tradicional cántico. Muchas veces he oído decir ¡Demasiado poco pasa en los encierros! y es verdad. Y es que parece que cada mañana el Santo madruga para salvar de las astas de los toros a miles de corredores, profesionales e imprudentes, que corren por las calles de Pamplona.
Hoy era un día más, un día como otro cualquiera. Miles de corredores esperaban en la calle a que el reloj marcara las ocho en punto de la mañana para poder templar a cuerpo limpio las embestidas de los toros de Jandilla. Llegó la hora, se tiró el cohete y se abrieron los portones de los corrales de Santo Domingo. Como siempre los bueyes encabezaban la manada, pero pronto se vió como un toro colorado, ojo de perdiz y marcado con el número 106 tomaba la delantera corriendo veloz hacia los miles de muchachos que le estaban esperando.
Uno de los muchachos que le esperaba dejó pasar a los bueyes para coger cara y en el tramo de Telefónica resultó empitonado en la zona del cuello seccionando la yugular. La cirujana Esther Vila ha explicado en el propio hospital “que el mozo llegó al hospital con una parada cardiaca y con aspecto de vacío, porque había sangrado mucho. Rápidamente se le ha metido a quirófano, se le ha abierto el tórax y hemos encontrado el lóbulo izquierdo perforado, además de un puntazo en la aorta. También tenía arrancada la vena cava, con lo que no se ha podido hacer nada por salvar su vida”
Hoy San Fermín no madrugó. Su capote se quedó en el esportón. Hoy San Fermín está llorando la muerte de un muchacho. Hoy San Fermín está de luto.

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